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Monumento y Movimiento (2016)



Publicado en la edición impresa de Harper’s Bazaar Art en Español, noviembre 2016


El 8 de diciembre de 2013, un grupo de manifestantes derribaron la estatua de Vladimir Lenin que, inmóvil y vigilante, era el último monumento dedicado al fundador de la Unión Soviética que se mantenía de pie en Kiev, Ucrania. Con el colapso, la figura se convirtió en centenas de pedazos de piedra roja de Carelia, que la multitud recogió y se llevó como souvenir. Éste fue uno más de los eventos ocurridos durante el Euromaidán, una ola de protestas y manifestaciones que demandaban la integración de Ucrania a la Unión Europea, el distanciamiento del gobierno ruso y que eventualmente condujeron a la revolución de 2014 y al derrocamiento del presidente Víktor Yanukóvich.

El ocaso del dominio soviético se hizo evidente en las calles, plazas y espacios públicos con el derrumbe de muchos otros monumentos alrededor de Ucrania, en un episodio histórico que se conoce como Leninfall. Desde entonces, el pedestal que soportaba al líder soviético en la capital ucraniana quedó vacío, expuesto y susceptible.

Tanto el declive de los símbolos e íconos soviéticos, como la polémica suscitada por el proceso para erradicar el comunismo en Ucrania, sentaron las bases para el proyecto Social Contract, de la curadora Kateryna Filyuk, que fue acogido por la plataforma para iniciativas culturales Izolyatsia. En 2016, Social Contract presentó una exhibición, un programa público y una instalación temporal para abrir un diálogo en torno “al estado y las funciones de objetos conmemorativos en el espacio urbano, utilizando como ejemplo el caso de la estatua de Lenin en Kiev.”(1) Con esta premisa, abrieron una convocatoria para una intervención artística en el sitio, eligiendo Inhabiting Shadows, el proyecto de la artista mexicana Cynthia Gutiérrez (Guadalajara, 1978).(2)

Para esta intervención, Gutiérrez instaló andamiaje de metal a manera de plataforma que elevaba el paso peatonal y lo dirigía hacia el pedestal vacío, permitiendo a los transeúntes posarse durante un momento en el lugar que ocupó la figura del líder soviético, para luego descender y continuar su camino. De esta forma, los visitantes podían contemplar las perspectivas de la ciudad que alguna vez fueron exclusivas de la escultura de Lenin. La inmovilidad del monumento fue activada a través de la ocupación temporal de un espacio reservado para la memoria.

A pesar de que la caída de los monumentos no supone una conclusión ni una solución en términos políticos, es un mecanismo para lidiar con el cambio inherente al desarrollo de una revolución. La ocupación momentánea del pedestal implica hacer un recorrido ascendente y dejar atrás convicciones condicionantes que se presentan como anclajes a un pasado consumado. La activación de la pieza puede entenderse como un proceso de duelo por la idea agonizante, y el regreso a tierra firme como una conmemoración a la “nación naciente”.

Sin embargo, las intenciones de la artista con esta instalación van más allá de tomar una postura política sobre una historia que no le pertenece. Es, más bien, un comentario sobre el valor y trascendencia de emblemas conmemorativos que se suma a una extensa investigación sobre la escultura y el monumento que transgrede territorios, naciones e ideologías.

El trabajo de Gutiérrez se caracteriza por ser un firme análisis sobre la vulnerabilidad de la memoria, las fisuras de la historia y las construcciones que conforman la identidad nacional, cultural y biográfica. Con una sólida herencia (3) y entrenamiento como escultora, su obra se distingue por los quiebres, tanto literales como metafóricos, que concibe dentro del lenguaje escultórico.

Para la artista, la idea del monumento se relaciona con una marca material que, pesar de su estabilidad corpórea, se encuentra en constante resignificación. La noción primitiva del monumento como un distintivo fúnebre que reemplazaba al cuerpo en la tierra y con su dimensión colosal lo extendía hacia el cielo, ha quedado desplazada para convertirse en un trofeo de guerra, un símbolo de poder, conquista y manipulación. Muchos de estos objetos conmemorativos han dejado de ser emblemas de pertenencia e identidad, para convertirse en objetos de devoción fetichista, en patrimonios que evocan lo olvidado, pero que resultan ajenos a un presente que no voltea atrás.

Al igual que los peatones que ocuparon temporalmente el lugar de aquel granito color carmín, para la artista, las connotaciones del monumento están en movimiento, se desplazan y se reencuentran en distintos momentos, espacios y definiciones.





(1)  http://izolyatsia.org/en/project/social-contract



(2) Miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte 2016, México



(3) Su padre, Juan Gutiérrez, es un reconocido escultor mexicano a quien se le encomendó la creación de distintos bustos y figuras que son parte notable del paisaje urbano de nuestro país. Para la artista, esta herencia es, al mismo tiempo, una ventaja y una condición.